POR EL PAPEL DE LAS MUJERES

«Oremos para que la dignidad y la riqueza de las mujeres sean reconocidas en todas las culturas, y para que cese la discriminación que sufren en diversas partes del mundo.»

 

(Nota: puede tardar algún día en estar disponible el vídeo del mes)

ACTITUDES DEL MES PARA ENCARNAR EN NUESTRA VIDA

Reflexión sobre la intención de este mes

DISCURSO A LOS PARTICIPANTES EN UN ENCUENTRO ORGANIZADO
POR LA «STRATEGIC ALLIANCE OF CATHOLIC RESEARCH UNIVERSITIES» (SACRU)
Y LA FUNDACIÓN «CENTESIMUS ANNUS PRO PONTIFICE»
Francisco
11 de marzo de 2023
[…] En esta luz, quisiera subrayar tres aspectos del cuidado como contribución de las mujeres a una mayor
inclusión, a un mayor respeto por los demás y a afrontar de forma nueva desafíos nuevos.

En primer lugar para una mayor inclusión. En el volumen se habla del problema de las discriminaciones que a
menudo golpean a las mujeres, como otras categorías débiles de la sociedad. Muchas veces he recordado con
fuerza que la diversidad no debe nunca conducir a la desigualdad, sino más bien a una agradecida y recíproca
acogida. La verdadera sabiduría, con sus mil facetas, se aprende y se vive caminando juntos, y sólo así se
puede convertir en generadora de paz. Vuestra investigación es por tanto una invitación, gracias a las mujeres
y en favor de las mujeres, a no discriminar sino a integrar a todos, especialmente a los más frágiles a nivel
económico, cultural, racial y de género. Nadie debe ser excluido: este es un principio sagrado. De hecho, el
proyecto de Dios Creador es un proyecto «esencialmente inclusivo» —siempre— , que pone en el centro
precisamente «a los habitantes de las periferias existenciales» [2]; es un proyecto que, como hace un madre,
mira a los hijos como a los dedos diferentes de su mano: inclusiva, siempre.

Segunda aportación: para un mayor respeto del otro. Cada persona debe ser respetada en su dignidad y en
sus derechos fundamentales: educación, trabajo, libertad de expresión, etc. Esto vale de forma particular para
las mujeres, más fácilmente sujetas a violencias y abusos. Una vez escuché a un experto de historia que decía
cómo nacieron las joyas que llevan las mujeres —a las mujeres les gusta llevar joyas, pero ahora también a los
hombres—. Había una civilización que tenía la costumbre de que el marido, cuando llegaba a casa, teniendo
tantas mujeres, si una no le gustaba le decía: “¡Vete fuera!”; y esa tenía que irse con lo que llevaba encima, no
podía entrar a coger sus cosas, no, “te vas ahora”. Es por esto —según esa historia— que las mujeres
empezaron a llevar oro encima, y ahí estaría el inicio de las joyas. Quizá es una leyenda, pero interesante.
Desde hace mucho tiempo la mujer es el primer material de descarte. Esto es terrible. Cada persona debe ser
respetada en sus derechos.

No podemos callar frente a esta plaga de nuestro tiempo. La mujer es usada. ¡Sí, aquí, en una ciudad! Te pagan
menos: bueno, eres mujer. Después, ¡cuidado con ir con tripa, porque si te ven embarazada no te dan el trabajo;
es más, si en el trabajo te ven que empieza, te mandan a casa. Es una de las modalidades que se utiliza hoy
en día en las grandes ciudades: descartar a las mujeres, por ejemplo, con la maternidad. Es importante ver esta
realidad, es una plaga. No dejemos sin voz a las mujeres víctimas de abuso, explotación, marginación y
presiones indebidas, como las que mencioné con el trabajo. Seamos la voz de su dolor y denunciemos con
fuerza las injusticias a las que están sometidas, muchas veces en contextos que las privan de toda posibilidad
de defensa y rescate. Pero también demos espacio a sus acciones, natural y poderosamente sensibles y
orientadas a la tutela de la vida en todo estado, en toda edad y en toda condición.

Y vamos al último punto: afrontar de modo nuevo desafíos nuevos. La creatividad. La especificidad insustituible
de la contribución femenina al bien común es innegable. Lo vemos ya en la Sagrada Escritura, donde a menudo
son las mujeres las que determinan importantes puntos de inflexión en momentos decisivos de la historia de la
salvación. Pensemos en Sara, Rebeca, Judit, Susana, Rut, para culminar con María y las mujeres que siguieron
a Jesús incluso bajo la cruz, donde notamos que de los hombres quedó sólo Juan, los otros se fueron todos.
Las valientes estaban ahí: las mujeres. En la historia de la Iglesia, además, pensemos en figuras como Catalina
de Siena, Josefina Bakhita, Edith Stein, Teresa de Calcuta y también en las mujeres “de la puerta de al lado”,
que con tanto heroísmo llevan adelante matrimonios difíciles, hijos con problemas… La heroicidad de las
mujeres. Más allá de los estereotipos de un cierto estilo hagiográfico, son personas impresionantes por su
determinación, valentía, fidelidad, capacidad de sufrir y transmitir alegría, honestidad, humildad, tenacidad.

Cuando en Buenos Aires yo tomaba el autobús que iba a un sector noroeste, donde había muchas parroquias,
ese autobús pasaba siempre cerca de la cárcel y veía la fila de las personas que ese día iban a visitar a los
presos: el 90% eran mujeres, las madres, ¡las madres que nunca abandonan al hijo! Las madres. Y esta es la
fuerza de una mujer: fuerza silenciosa, pero de todos los días. Nuestra historia está literalmente repleta de
mujeres así, tanto de famosas, como de desconocidas —¡pero no para Dios! — que llevan adelante el camino
de las familias, de las sociedades y de la Iglesia; a veces con maridos problemáticos, con vicios… los hijos van
adelante… Nos damos cuenta también aquí en el Vaticano, donde las mujeres que “trabajan duro”, también en
roles de gran responsabilidad, son ya muchas, gracias a Dios. Por ejemplo, desde el momento que la
vicegobernadora es una mujer, las cosas funcionan mejor, aquí, mucho mejor. Y otros puestos, donde hay
mujeres, secretarias, el Consejo de la Economía, por ejemplo, son seis cardenales y seis laicos, todos hombres.
Ahora fue renovado, hace dos años, y de los laicos uno es hombre y cinco mujeres, y ha empezado a funcionar,
porque tienen una capacidad diferente: la posibilidad de actuar y también la paciencia. Contaba una vez un
dirigente del mundo laboral, un trabajador que había llegado a jefe del sindicato, en ese momento, con mucha autoridad
—no tenía padre, solo la madre, eran muy pobres, ella hacía trabajo doméstico, vivían en una casa
muy pequeña: el dormitorio de la madre, y después una pequeña sala para comer y él dormía en esa sala, a
menudo se emborrachaba de noche, tenía 22-23 años—. contaba que cuando su madre salía la mañana para
trabajar, a limpiar en las casas, se detenía, lo miraba: él estaba despierto pero fingía no ver, estar dormido, lo
miraba y se iba. “Y esa constancia de mi madre, de mirarme sin reprocharme y tolerarme, un día me cambió el
corazón, y así llegué donde he llegado”. Solamente una mujer sabe hacer esto; el padre lo habría echado de
casa. Debemos ver bien la forma de actuar de las mujeres: es algo grandioso. […]

El Papa Francisco confía cada mes a su Red Mundial de Oración, intenciones de oración que expresan sus grandes preocupaciones por la humanidad y por la misión de la Iglesia. Su intención de oración mensual es una convocatoria mundial para transformar nuestra plegaria en «gestos concretos», es una brújula para una misión de compasión por el mundo. Propone un camino para movilizarnos cada mes, por la oración y la acción, por un mundo más humano, fraterno y solidario. Estas intenciones de oración son fruto de un largo proceso de discernimiento en la Iglesia, en diversos países del mundo, y con propuestas provenientes de varios dicasterios, congregaciones y servicios de la Santa Sede. Al final de este proceso de varios meses, el Papa, con las propuestas recibidas toma un tiempo para orar y discernir los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia. Confía entonces sus 12 intenciones de oración a todos los fieles. Son orientaciones para nuestra vida y misión.